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jueves, octubre 19, 2006![]() MALDITAS MOSCAS. Hoy, al levantarme de la siesta, una siesta larga y sudorosa, veo como un ejército de moscas bordean la lámpara que cuelga del techo de mi salón. Días antes había visto unas cuantas de ellas inspeccionando con insistencia mi baño marcaban su lugar de concentración, por eso quizás esperaba este ataque con cierta incertidumbre, era inevitable por estas fechas, pero mi arsenal estaba equipado con todo tipo de spray y polvos repelentes. A medida que avanza la tarde las pesadas voladoras invaden sigilosamente mi territorio, se adueñan en grupo de todos los rincones de mi casa exhibiéndose ante mis ojos con irritantes y absurdos revoleteo que no hacen mas que irrumpir mi tranquilidad asentándose una y mil veces sobre mi cuerpo. Me dirigí al cuarto de baño y al abrir la puerta salte instintivamente dando un paso hacia atrás, no es que me asustaran, me asqueaba aquel amasijo de motas negras que al tuntún giraban de un sitio para otro, que iban y venían sin un definido rumbo. ¡Las muy listas!, se habían colado a través de la ventana que yo deje abierta después de tomar una ducha con la intención de que las toallas se ventilaran un poco. Ahora eran ellas las que estaban dentro de la bañera, otras se alojaban en el water, puntos negros repartidos sin sentido sobre el blanco de la porcelana. Las más pequeñas entrenaban su vuelo a ras del suelo confundiéndose en los rincones, ocultas tras la puerta para luego subir airosas por las cortinas y dejar constancia de su trajinada presencia con unos pequeños huevos que hacían perpetuar su especie por los siglos de los siglos. Me alejé cerrando la puerta y me dirigí decidida a mi despensa donde tenia todos los ahuyentadores de insectos, me habían declarado la guerra, estaba claro, pero la batalla era mía, tenia que hacer algo para acabar de inmediato con esta oportunista especie de insecto. Saque del armario todos los productos necesarios y los puse en línea, elegí uno de los mas potentes, el mas apestoso y mortal, y así armada me adentre de nuevo en la zona de combate. Esta vez no dude al abrir la puerta, entre y cerré con un golpe seco a mis espalda. Empecé a rociar paredes, suelo y rincones de forma inmisericorde, luego me lave las manos para eliminar cualquier resto toxico. Espere en silencio y quieta un minuto, quizás dos o tres para recrearme en mi victoria. Veo como muchas de ellas se estremecen en su agonía dando sus últimos aletazos, otras parecen inertes, aún así las pisoteos una y otra vez para confirmar su muerte. Satisfecha con mi operación, salí a buscar la escoba y el recogedor, y al barrerlas me parecieron mas pequeñas e indefensas que cuando estaban vivas. En ese momento sentí un escalofrió y, no sé porque, me pregunte si al final de alguna batalla, los contendientes se sentirían así, pensando al ver los cadáveres del enemigo hueco, vacíos de vida, que era inevitable, que, a pesar de todo, había sido necesario. |